* Por Noelia Díaz Esquivel
Solo 3 mujeres llegamos a la Junta Municipal de Asunción. Tres de 24. Apenas el 12,5 % de las bancas de una ciudad donde las mujeres representamos aproximadamente la mitad de la población. Y aunque esta vez tengo la enorme alegría y responsabilidad de estar entre esas tres, no puedo dejar de preguntarme ¿Cómo puede ser que, después de tantos años de democracia, las mujeres sigamos siendo una excepción en los espacios donde se toman las decisiones?
Hay algo particularmente contradictorio en estas elecciones. Asunción eligió a Soledad Núñez como intendenta, una mujer que parió en plena campaña, cuya candidatura y campaña estuvieron acompañadas y sostenidas por muchísimas otras mujeres. Mujeres organizando, recorriendo barrios, haciendo llamadas, cuidando votos, movilizando y poniendo el cuerpo. Pero cuando miramos la conformación de la Junta Municipal, volvemos a encontrarnos con una representación abrumadoramente masculina.
Esta historia no es nueva. Se repite, con diferentes protagonistas, desde la recuperación de la democracia. Las mujeres somos fundamentales para sostener la organización política, pero seguimos encontrando enormes dificultades para acceder a los lugares donde se ejerce el poder.
Y los números muestran que no estamos hablando de una percepción personal. Según el Observatorio de Género del Ministerio de la Mujer, en las elecciones municipales de 2010 las mujeres alcanzaron el 24 % de las concejalías electas a nivel nacional. En 2015, esa participación bajó al 23 % y en 2021 llegó al 27 %. Hubo avances, sí, pero demasiado lentos. Y ahora, en Asunción, apenas alcanzamos el 12,5 %.
Podemos decir, con toda razón, que estos fueron los resultados de las urnas y que las mujeres también votaron. Pero reducir esta discusión a que «la gente eligió» sería ignorar las condiciones profundamente desiguales en las que hombres y mujeres llegamos a competir. Porque no todas las candidaturas parten del mismo lugar.
Todavía vivimos en una sociedad que espera que las mujeres nos ocupemos de la casa, de las hijas e hijos, de las personas mayores, de los cuidados y de resolver buena parte de la vida cotidiana. Un trabajo indispensable, muchas veces no remunerado, que consume tiempo, energía y oportunidades. Mientras tanto, los hombres siguen teniendo, en general, mayores posibilidades de acceder a recursos económicos, redes de poder y financiamiento político.
Y a eso se suman los prejuicios que siguen tan presentes: que las mujeres somos demasiado emocionales, que nos falta carácter, que no tenemos suficiente fuerza o coraje para ejercer autoridad. Como si la valentía, la capacidad de decidir o la honestidad fueran atributos masculinos.
También están los partidos políticos, que tienen una enorme responsabilidad. No alcanza con incluir mujeres en las listas para cumplir una cuota. Hay que preguntarse qué lugares ocupan, qué recursos reciben, cuánto respaldo político tienen y cuántas posibilidades reales se les ofrecen para competir.
Las desigualdades también se reproducen en la comunicación. Los medios tradicionales suelen privilegiar las voces masculinas cuando se habla de poder, economía y decisiones políticas. Y en las redes sociales, las mujeres que hacemos política seguimos expuestas a ataques contra nuestros cuerpos, nuestra apariencia, nuestra sexualidad o nuestras relaciones personales. Cuestionamientos que demasiadas veces nada tienen que ver con nuestras ideas o propuestas.
Esta realidad es todavía más preocupante en un país atravesado por niveles alarmantes de violencia contra las mujeres. Según el Ministerio Público, entre 2017 y 2025 se registraron 357 víctimas de feminicidio en Paraguay. Una mujer asesinada, en promedio, cada ocho o nueve días.
La violencia que busca silenciarnos y la desigualdad que limita nuestra participación política no son fenómenos idénticos, pero tienen raíces comunes: una cultura que todavía se resiste a reconocer a las mujeres como personas con plena autonomía y derecho a ejercer poder.
Por eso necesitamos seguir hablando de paridad. No como un favor, una concesión o una cuestión decorativa. La paridad es una discusión sobre la calidad de nuestra democracia. Sobre quiénes tienen voz, quiénes deciden y quiénes quedan afuera.
Y no se trata de sostener que cualquier mujer representa automáticamente los intereses de todas. Las mujeres tenemos diferentes ideas, trayectorias, posiciones políticas y maneras de entender la ciudad. Precisamente de eso se trata la pluralidad democrática: de que esa diversidad también esté presente en los espacios de decisión.
La elección terminó, pero esta discusión no puede terminar con ella. Necesitamos revisar las reglas, exigir responsabilidades a los partidos, discutir el financiamiento de las campañas, distribuir los cuidados y enfrentar la violencia política de género.
Porque las mujeres no queremos seguir siendo solamente las que organizamos, acompañamos, cuidamos y sostenemos la democracia. Queremos participar, decidir y ejercer poder en igualdad de condiciones.
Y mientras 3 mujeres sigamos siendo una excepción entre 24 bancas, Asunción tendrá una deuda pendiente con la representación democrática.
Referencias bibliográficas
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