@lolavendetta

 

Por Manuela Bares Peralta*

Imagino a la chica que fui y ya no nos parecemos tanto. Por momentos, envidio la sensación de seguridad que antes me invadía el cuerpo. Nunca más la volví a sentir. El tiempo, y sobre todo, la distancia me permitieron recuperar muchas cosas que me gustaban de mí; otras simplemente las perdí. Mi postura cambió: me acostumbré a estar alerta, cada músculo de mi cuerpo aprendió a defenderse. Durante mucho tiempo me resigné a llevar el miedo y la culpa a cuestas.

Me desilusioné de mi misma, ¿es eso posible? Esa sensación aniquiló cualquier reacción ajena. Era tanta la decepción que sentía por mí que ya no había espacio para sentirla por nadie más. Le exigí a mi cuerpo lo que nunca le había exigido a ninguna otra persona en esa misma situación: ponerlo en juego, una y otra vez

Aprendimos a plantear nuestras opiniones de forma estratégica, a dosificar dulzura y firmeza. Preferimos ser soberbias antes que débiles, nos acostumbramos a usar la pedagogía ante la resistencia masculina. Queremos imprimir nuestros rasgos en la manera de hacer política, también queremos ser parte de un mundo menos injusto y más igualitario, y entonces, negociamos: el lugar de una se convierte en el lugar de todas porque sabemos que todo no es posible. Negociamos, aún a costa de nosotras mismas.

El problema no son los espacios que habitamos, el problema son las concesiones que todavía tenemos que hacer para ser parte de ellos. El peligro no es ser mujer y querer hacer política, el peligro es que en pos de la política haya un otro que nos anule y someta. Durante mucho tiempo me fue imposible separar del abuso el espacio, mis convicciones e ideales, mis ganas de construir y de hacer. Ahora, a la distancia, puedo. Pero, ¿a costa de qué?

Ser feminista era sobrevivir y soñar en un mundo edificado para los varones. Por lo menos, eso era para mí hace diez años atrás. Conquistar espacios donde nosotras no habíamos sido la primera opción, ganarnos a fuerza de voluntad el derecho a conducir. Militar a los dieciocho en un barrio de la Ciudad de Buenos Aires era el equivalente a rodearse de hombres más grandes. Fui la más chica del grupo, dejé que ellos me cuidaran y me enseñaran. Me acostumbré a sentirme segura, todavía no sé por qué.

Durante mucho tiempo me resistí a aceptar lo que pasó, y entonces, lo negué. No quería que esa noche me definiera, que se convirtiera en parte de mi historia. Pero el abuso ya se había alojado en mi cuerpo, como lo hizo sobre el de tantas otras compañeras. Me encargué de encubrir y disimular cada indicio de evidencia pero el abuso es sintomático: lo sentís, existe.

No soporté sentirme víctima e impartí injusticia contra mí misma. No aguanté sentir más miedo y por eso me anestesié el cuerpo. Durante meses a mi alrededor sólo hubo ruido y me acostumbré a vivir así, aturdida. En el fondo, nunca me perdoné no haberme defendido esa noche ni todas las que vinieron después. Para no irme (como hicieron tantas otras) me quedé y me obligué a poner el cuerpo una y otra vez. ¿Acaso ellos saben lo que es aprender a vivir con miedo?

Mi cuerpo no soportaba tenerlo cerca, mis músculos se contraían cada vez que teníamos que compartir el mismo espacio físico pero igual me sometí a escuchar sus opiniones, a que sus discursos coronaran los cierres de reuniones porque yo también tenía algo para decir. Él continúo abusando de mí, mucho tiempo después de esa noche. Nunca más volví a sentir la violencia de su cuerpo oprimiendo mi cuerpo pero al abuso lo sentís, existe, se te aloja en el cuerpo.

Cuatro años después me permito a mí misma ponerlo en palabras. Borré y re-escribí este texto tantas veces que perdí la cuenta. Todavía me es difícil reconocerme en muchas partes pero, por primera vez, siento que me permito el único acto de reparación y quizás de incipiente justicia: dejar de negar lo que me pasó.

Leo esto y no puedo dejar de pensar en todas nosotras. Hasta cuando sufrimos nuestra voz se vuelve colectiva. Pero el cuerpo no es colectivo, eso también lo entendí mucho después. Sólo en ese momento, pude reconciliarme conmigo misma, con la forma que había encontrado para sobrellevar el abuso, con mi falta de valentía para decir y denunciar. Como todas, esa noche estuve sola.

Él no se merece ni una palabra de este testimonio, que es todo mío. En cambio, sí lo merecen todas las que pusieron, ponen y pondrán el cuerpo para hacer de este mundo uno más justo. A todas ellas, me animo a decirles que esa pelea siempre vale la pena. El problema no son nuestras existencias, ni la política, ni la militancia. El problema es el machismo que aún nos mata, nos viola y nos calla.

 

Manu es es integrante de la Red de Abogadas Feministas y del Centro de Estudios de Políticas Públicas Comunidad Buenos Aires

 

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