Ilustración: Patricia Corrales – Proyecto kahlo.com

*Por Clemen Bareiro Gaona

Hace unas semanas leí un artículo de Manuela Bares en Revista Emancipa en el que relataba, a través de una experiencia, la historia de muchas de nosotras. Me caló tan profundo que hizo que reviviera momentos, anécdotas mías. Sin embargo, seguía sin animarme a escribir.

Pasaron los días y Revista Emancipa publicó otro artículo, esta vez de Alejandra Iriarte, en el que nuevamente me vi y reconocí. Pensé, mientras tomaba el café de la mañana, cómo es posible que estas compañeras de territorios tan distintos y lejanos al mío – o no – hayan vivido lo mismo.

Entonces siguieron los días y mi cabeza y mis recuerdos no me dejaban tranquila y otra vez me llevaron a otro artículo, de otra compañera, Verónica Lucía. Así me di cuenta que seguía cuidando a los otros, al otro, porque “la contradicción principal” nunca contempla a las mujeres, porque los temas que tienen que ver con nuestros cuerpos no están dentro de los considerados importantes y si denunciamos o relatamos nuestras experiencias le estamos “haciendo el juego a la derecha”.

Desde entonces me pregunto cada día qué significa que un compañero de lucha, revolucionario y amante te diga “el día que engordes tanto como para que la gente te escuche sin mirarte el culo o por lo linda que sos, será el día en que sepamos si sos o no inteligente”.

Me pregunto si somos capaces de hablar con nuestros compañeros, de interpelarles, de incomodar a ese orden patriarcal que es transversal a las ideologías y organizaciones sociales, político-partidarias, gremiales, etc. Cada día que pasa me afirmo más en mi condición de feminista, porque el feminismo en el que creo combate a todas las opresiones, no sólo a las que vivimos las mujeres.

A medida que pasan los días voy recordando y vuelve a mi mente el relato que me hizo un camarada: “estábamos en el Comité Central y un compañero campesino preguntó por qué estabas alejada del partido. Se levantó el compañero y explicó que ustedes cogían, que cogieron una vez y que vos te confundiste, que te explicó que tenía una relación abierta con su compañera y que entonces, como te confundiste, te alejaste del partido”, ese supuesto único cojo duró en realidad 4 años.

Así puedo relatar muchas historias, mías o de otras compañeras, que también son mis historias. Como la de Manuela, la de Alejandra o la de Vero. Pero no me quiero quedar en esos relatos, quiero cruzar esa línea. Siento, a medida que escribo, que me libero y lo que me gustaría en verdad es hacer una invitación a las compañeras, a los compañeros que revisemos nuestras relaciones, nuestros vínculos, nuestras prácticas y cómo y desde dónde juzgamos, ¿desde dónde nos juzgamos?

Muchos años sentí que era la única responsable del lugar en el que me ubiqué y además, con muchísimo temor de que “la derecha aproveche” mi dolor o mi poca inteligencia o mi debilidad para dar una embestida a la “izquierda revolucionaria”.

¿Cómo hacemos para que la revolución a la que aspiramos nos vea a todas, a todos, a todes, o no nos excluya mientras la hacemos?

¿Cómo hacemos para que las compañeras y compañeros no tomen estos escritos como ataques? Y que, al contrario, se revisen y miren y vean y escuchen y trabajen las contradicciones que son propias de este sistema que oprime en la clase, en el género, en el pueblo de donde somos.

6 comentarios

Deja un comentario